jueves, 6 de abril de 2017

El Jardín de la Duermevela






Título del libro: El Jardín de la Duermevela
Autor: Sergio Márquez Glegg
Editorial: Alberto Santos
Género: Alta Fantasía
Nº de Páginas: 380





Hace ya algún tiempo, las sagas secuestraron a una niña humana y se la llevaron consigo al Jardín de la Duermevela, un mundo mágico poblado por todas aquellas criaturas que hoy en día se consideran parte de cuentos, mitos y leyendas. Pena, Pelona y Llercia echaron un hechizo a la pequeña, por el cual quedaba ligada a aquel mundo y a las tres sagas, siendo incapaz de regresar al mundo de los humanos ni de permanecer demasiado tiempo lejos de ellas. Sin embargo, Ippuk ignora que es presa de un conjuro ni tampoco sabe que para romperlo necesita averiguar su verdadero nombre, que parece estar sólo en conocimiento de las sagas.
A lo largo de toda la historia vamos conociendo a las asombrosas criaturas que pueblan este mundo, recordando que antaño no todas las hadas o seres parecidos eran buenos y benévolos, cosa que hoy en día hemos olvidado. Este libro es una buena oportunidad para aproximarnos a mitos bastante cercanos y que por otra parte nos son desconocidos.

El libro se anuncia como “La primera novela de los seres mágicos españoles” y si bien es cierto, me gustaría hacer una matización. Aparecen muchos seres mágicos españoles o basados en ellos, pero no son los únicos. Nos encontramos en los seres y en la historia y mitos que conforman este mundo un entramado magníficamente trazado donde se combinan elementos de las mitología nórdica, celta y grecorromana, a parte de los que pertenecen principalmente al norte de España. Así nos encontramos, por ejemplo, con cosas como un pique entre enanos basados en los mitos nórdicos y otros enanos que descienden de la mitología vasca.
La narrativa no es para nada pesada, te lleva con suavidad de una página a otra imprimiéndole el empuje necesario cuando los personajes se encuentran ante algún peligro pero sin acelerar tanto como para que te puedas perder durante este tipo de escenas. Descripciones bien hechas y hermosas, realmente te transportan a otro mundo.
El desarrollo de la trama es divertido, ameno e interesante, en el que poco a poco nos van desgranando detalles del Jardín de la Duermevela, tales como sus dioses o el nacimiento de alguna especie, mientras la sombra que amenaza la paz del bosque Tarmundu se hace cada vez más larga y más oscura, y la joven Ippuk se encuentra en un “viaje” de autodescubrimiento. O más bien peleándose con él, ya que el hechizo de las sagas está diseñado precisamente para que se quede en la ignorancia e Ippuk no tiene ni idea ni siquiera de que ese no es su nombre.
Los personajes están muy bien definidos, cada uno con sus características, virtudes y defectos. Cada criatura tiene su forma de actuar dependiendo de si es Rabadán, Gusapín o Saga (o lo que sea, recordemos que el elenco de especies es muy amplio), y luego aparte su propio carácter dentro de la especie. No te vas a encontrar una Saga lavando o una Llavandera preparando pociones. Además, es muy fácil encariñarte con ellos o cogerles tirria según se lo hayan ganado o no, resulta bastante sencillo comprenderlos.

El único defecto que le sacaría a este libro es que da la impresión de acabar muy pronto. El conflicto más grave en la historia es el que se va a dar después de los sucesos narrados en el libro y aunque parece que ya sabes lo qué va a suceder (y digo parece porque no sé hasta que punto se puede considerar seguro debido a que es una especie de profecía) tanto con el bosque de Tarmundu como con Ippuk. Si bien no queremos liarnos con una saga y queremos leer un solo libro, el lector se puede dar por satisfecho. Personalmente, este libro clama por una continuación. Yo me he quedado con las ganas de saber cómo va a pasar lo que tenga que pasar y qué va a suponer esto para los personajes y para el mundo mágico en general. Desconozco si el autor tiene en mente sacar un segundo libro del Jardín de la Duermevela, quizá dependa del éxito que tenga éste. En todo caso, espero que no sea el último de Segio M. Glegg.


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